América del Sur enfrenta una amenaza silenciosa pero de gran impacto: el aumento sostenido de enfermedades no transmisibles y trastornos de salud mental podría costar a la región hasta el 4 % de su Producto Interno Bruto (PIB) entre 2020 y 2050. Este escenario no solo representa un desafío para los sistemas sanitarios, sino que también implica una pérdida económica significativa que afectará el desarrollo de los países involucrados.
El estudio abarca a diez naciones de Sudamérica —Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela—, considerando elementos como las tendencias poblacionales, los comportamientos de salud de los ciudadanos, la inversión pública en servicios médicos y la vulnerabilidad a peligros ambientales. El resultado es una previsión evidente: de no tomarse medidas prontamente, los costos sociales, de salud y económicos aumentarán significativamente.
Aspectos de riesgo que desencadenan una crisis desapercibida
La carga de las enfermedades no transmisibles, como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares o el cáncer, se ha incrementado de forma sostenida en los últimos años. A esto se suma el avance de los trastornos de salud mental, como el alzhéimer y la ansiedad, que afectan no solo a la calidad de vida de quienes los padecen, sino también a su productividad y estabilidad económica.
En el desarrollo de esta tendencia influyen el rápido envejecimiento de la población, el incremento del sedentarismo, el consumo desmesurado de sustancias dañinas como el tabaco, el alcohol y los alimentos altamente procesados, y el agravamiento de la contaminación ambiental. Esto en conjunto forma una «bomba de tiempo» que pone en riesgo aumentar las inequidades sociales y agravar la carga sobre los sistemas de salud pública.
Impacto económico: un freno al desarrollo
La proyección de una pérdida equivalente al 4 % del PIB regional en las próximas tres décadas evidencia el impacto económico directo de las enfermedades no transmisibles y los trastornos mentales. Esta pérdida proviene principalmente de dos factores: la muerte prematura de personas en edad laboral activa y los gastos individuales y familiares en atención médica, que limitan la capacidad de ahorro y de inversión personal.
Brasil sería el país más afectado en términos absolutos, con una pérdida estimada del 4,5 % de su PIB. Le siguen Chile y Argentina con caídas del 4,4 %. En términos per cápita, los habitantes de Chile podrían ver una reducción de hasta 27.300 dólares anuales en su ingreso potencial, mientras que en Uruguay y Argentina las pérdidas alcanzarían los 25.700 y 23.900 dólares, respectivamente.
Sugerencias para reducir el riesgo
Para enfrentar este escenario, es fundamental adoptar medidas estructurales que prioricen la prevención y el fortalecimiento del sistema de salud. Entre las estrategias propuestas se incluye la ampliación de la cobertura médica, la mejora de la coordinación entre instituciones, el fortalecimiento de la capacitación del personal sanitario y una mayor inversión en tecnologías aplicadas a la salud.
Otro aspecto fundamental es la adopción de políticas fiscales y educativas que desalienten conductas dañinas para la salud. La imposición de gravámenes específicos sobre artículos como el tabaco, el alcohol y las bebidas con alto contenido de azúcar, junto con campañas para disminuir el consumo de sal e incentivar el ejercicio físico, son reconocidas como estrategias efectivas para disminuir los factores de riesgo en la población.
También se propone una mayor regulación de la publicidad de productos nocivos y la promoción de estilos de vida saludables desde edades tempranas. Estas acciones, si se aplican de manera coordinada y sostenida, pueden contribuir significativamente a frenar la tendencia creciente de enfermedades crónicas y a reducir sus costos económicos.
Una invitación a actuar
América del Sur tiene ante sí una oportunidad clave para revertir una amenaza que compromete su futuro. El abordaje integral de las enfermedades no transmisibles y los trastornos de salud mental no solo es una necesidad sanitaria, sino una inversión en desarrollo económico y social. Las decisiones que se tomen hoy determinarán la calidad de vida de millones de personas y la sostenibilidad del crecimiento regional en las próximas décadas. La prevención, el fortalecimiento institucional y la promoción de hábitos saludables deben estar en el centro de la agenda pública para evitar una crisis mayor.
